martes 25 de octubre de 2011

Hablando de demonios

¿De qué color son los demonios? No lograrías identificar los míos, algunos son blancos, algunos son morenos, algunos la gran mayoría son tan sólo invisibles, hay otros que son una amalgama de colores y sensaciones, esos los confusos y caóticos, los que son diferentes a los invisibles y a los morenos donde un aliento no depende de sólo el expirar sino en el creer que pueden desaparecer con sólo abrir la puerta principal de una casa sin amoblar. Salgan demonios de pieles, putas y escorias, regocijo de sensaciones malévolas, salgan demonios invisibles, voy a habitar mi guarida, mi hogar no es mi casa, es mi construcción una edificación decidida, pensada, organizada ¿pueden ofrecer una buena disputa? Quiero oír sus argumentos poco razonables, sus frustraciones y manipulaciones, son demonios de cabezas grandes y de pequeños cerebros sin alma, sin gusto, seres que caminan por la tierra arrastrando sus piel y buscan satisfacerse de otros como carroñeros.
El día se despierta con la sensación de que mi cuerpo sigue en tinieblas, entre sueños de hombres fuertes y violentos, con la necesidad de vestirme de gala con un vestido largo y tacones plateados, vestirme de sueños ambiguos donde la palabra no tiene significado tan sólo se usa para expresar ese mundo intangible donde se vive al despertar, la mente intenta cerrarse, el mundo llega con sus caballos de coherencias no entendidas por quien duerme y sueña, por quien construye un mundo donde la regla es el respirar continuo y tranquilo, tal vez muchas cosas no puedan tener un control moldeable, tal vez el mundo no es una caja de plastilina de colores ¿qué puedo elegir? Eso no es muy obvio, lo único que puedo hacer es arrojar las cobijas al suelo, levantarme de una cama que me hace sentir pesada, caminar y hacer un poco de café, beberlo lentamente recuperando así el sentido de las cosas, sentarme frente a la hoja después de organizar una cocina hecha basura, lavar, fregar, escribir, despertar, amar, continuar, releer, corregir, vivir, cien verbos, mil horas, un esfuerzo que sólo puede salir de mi cuerpo donde los demonios son manipulables, maleables y pueden derretirse con el contacto de un fuego interno, el fuego de lo que se hace, malditos demonios con caras conocidas, no soy damisela en peligro ni un robusto caballero, soy mujer de fuertes determinaciones y grandes sueños, soy quien dice hoy que el despertar es más que abrir los ojos y que el dormir es más que soñar, soy quien confunde palabras con lo que significa la vida, quien escribe por necesidad y por gusto, soy quien confiesa sus delirios y quien excluye para siempre sus demonios, soy quien observa cómo estos tienden a levantarse, contra ellos no vale correr pues sus piernas son largas y agiles, con ellos sólo hay que atacar de frente con una espada en la mano y un escudo de sensaciones y percepciones, de pensamientos conscientes, de racionalidades mesuradas, tal vez no pueda darme a entender esta mañana, no lo intento, no lo quiero, sólo soy una voz, sólo soy una palabra solitaria en mi inmenso mundo en el que me resguardo y nutro, me quedare acá bebiendo un tinto dulce, ese café que sabe a los besos de ella y se respira en un aroma, en un amado aliento.