domingo, 24 de julio de 2011

Domingo en la mañana

6:38 a.m. en Bogotá difiere un domingo, las calles son más que vacías, son grises, oscuras, silenciosas, tristes melancólicas, el caminar no es una travesía es un sentir enlutado por un día que se cae a pedazos sin haber siquiera despertado, son pocos los que caminan, son pocos los que tienen energía de salir al frio de la mañana.
Me duele la cabeza y los ojos como si la destrucción viniera de adentro hacia afuera, mi cuerpo parece padecer una resaca sin haber ingerido un solo trago, así como me siento muerta sin haber vivido, así como toda esta carga se siente real en un mundo ilusorio donde el despertar no es más que la sensación que no he dormido, no he descansado y se siente mucho, mucho frio.
El día arriba entre cavilaciones y dolores inertes en un cuerpo no vivo, en un paraíso irreal, un viaje al centro de la inconsciencia, un paseo en donde el alma clama simplemente el fin.